NUEVO PARADIGMA
Hace un par de días se llevó a cabo en la UIA Puebla la segunda sesión de la Cátedra Pablo Latapí Sarre, del Sistema Universitario Jesuita, coordinada por el campo estratégico Modelos y Política Educativas (MOPE).
El Catedrático este año fue el Dr. Bernardo Toro, colombiano, ahora en la Fundación Avina, allá en Colombia. Lo conocimos en el Simposio “Educar para la Vida” del Departamento de Educación y Valores del ITESO, hace unos años, como conferencista principal.
En esta ocasión el tema de la Cátedra fue “Los Valores en la educación. El corazón de la educación”. La conferencia completa aparecerá en el sitio web de la Uía Puebla y por eso no me entretengo en detallarla. Sólo me interesa retomar aquí un punto central: La educación no podrá resolver sus problemas con las mismas variables que crearon esos problemas y, por tanto, es necesario un cambio de paradigma.
El paradigma actual de la educación lo sintetiza Toro en tres puntos: Éxito, acumulación y poder. Son elementos constitutivos de la dinámica social actual. Personas, grupos, organizaciones, instituciones, gobiernos, familias y escuelas se mueven en el contexto de ese paradigma, además mundial y propio de una globalización del mercado.
Este paradigma en educación impulsa una educación para el mercado, una educación para la competitividad pura y dura y una educación para ser “el primero” de la lista, el primero del ranking o el primero del grupo. Por tanto los valores que se comunican en las transacciones discursivas, simbólicas o materiales están preñadas del valor de la preponderancia, es decir, ser quien tiene más (dinero, saber, libros, redes, amigos, belleza) en su poder, del valor del éxito, o quien tiene más seguidores, fans o amigos en las redes sociales reales y virtuales. Y del valor de la riqueza y su correlato: el consumo. Por eso no es extraño que ciertos jóvenes huyan de la escuela cuando ven que ahí nunca alcanzarán los valores que se premian en la vida social. El colofón de este paradigma es una educación elitista y excluyente.
Un nuevo paradigma implica una “vuelta de campana”. Poner por delante el cuidado: El cuidado de sí mismo (cuerpo y espíritu), el cuidado del otro y el cuidado del mundo. Esto implica una educación inclusiva e incluyente. Tal nombre sobrepasa lo que se entiende comúnmente: Va más allá de integrar a los niños o a las personas con alguna diferencia social, política, cultural o corporal. Incluir significa: Reconstruir el lenguaje educativo para valorar todo trabajo por el hecho de serlo de una persona y calificarlo de acertado o no tanto y nunca de bueno o malo. En fin, incluir implica reconstituir las fuentes de legitimación de la educación, del educador y de lo que implica ser educado. No será educado quien tenga éxito sino quien cuide, se cuide y actué para constituir un mundo cuidado, atendido en sus necesidades. Incluir construye y consigue equidad. Educación incluyente construye equidad educativa.
La novedad alcanza para valorar ahora al maestro, no sólo con evaluación de su saber, sino con la capacidad para motivar y metodizar el aprendizaje de los alumnos. En suma una renovación cultural, un corazón renovado para la educación.